Héroes y villanos

Estos días de cuarentena han brotado del estiércol todo tipo de opiniones que tratan de darle un explicación a esta situación. Algunas más discretas y otras más virales.


Oigo mucho en las redes hablar de ‘’héroes’’, para describir al personal sanitario y demás trabajadores que ahora mismo están, como soldados en Vietnam, bajo órdenes de su ejecutivo estatal. También he escuchado críticas generales a la administración política y sus decisiones, a su falta de previsión, acusándolos de vampiros disfrazados que deben ir a la cazuela por el bien del pueblo. 

Es quizá en mi círculo más personal donde al fin encuentro un debate menos cínico y más íntimo, sobre cómo cambia ahora nuestro presente y nuestro imprevisible (nunca mejor dicho) futuro. Un debate siempre desde el recelo y tratando de no conspirar, porque la certeza de que todo se desborda y nada está en tus manos no es fácil de asimilar. Para nadie.

Por eso quería escribir un poco y desmentirme a mí misma esta aceptada obviedad hegemónica, para tratar de ver más allá del cristal, porque (a lo mejor vaya, que se me ocurre ahora) ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos.

Diría que en mi entorno, cuando la gente de a pie conocimos las primerísimas noticias de la llegada de esta crisis al Estado español y las medidas que la administración pretendía tomar, se empezó a gestar un curioso sentimiento comunitario de apoyo y complicidad, que llamaba como nunca a la unión y la solidaridad popular. Yo misma me empecé a ilusionar con la fuerza que estos lazos afectivos entre comunidades podían proyectar. Casi empecé a imaginar, por qué no decirlo, la defensa del pueblo frente al cáncer del sistema.

Como es ya costumbre, parece que la realidad me ha vuelto a cerrar la boca de una patada. Este sistema maneja estratégicamente sus mecanismos de adoctrinamiento, y guarda demasiados ases en la manga que no siempre son fáciles de prever. Una vez más su previsor estudio de mercado ha sabido reclutar al pueblo trabajador. Ha sabido alienar al populacho inyectándonos un falso sentimiento de ‘Robin Hood’: jueces del bien y del mal, defensores de la moral. Quién mejor que nosotros, héroes en la sombra y villanos sin disfraz, para encargarnos de señalar héroes y enemigos.

Los héroes, que defendemos el bien y combatimos el mal, que aplaudimos lo bueno y señalamos lo malo. Nosotros, que podemos quedarnos en casa viendo Netflix en el sofá salvaremos el mundo de la malvada gripe del murciélago. Contribuimos muy duramente matando mosquitos a la hora del aplauso, que no es poco.

Los villanos aquí, por supuesto, no son el ejecutivo estatal, ni la policía ni los militares, ni los funcionarios que torturan en jaulas a personas. Nada de eso. Ahora, mágicamente, gracias al hechizo murcielaguil, la lógica ha dejado de existir y ellos son los auténticos superhéroes dignos de aplauso y a los que prestamos devoción.

La magia del corona también ha conseguido otro milagro. Ha hecho visible lo que jamás creímos que fuese posible, a quienes que jamás creímos que pudiesen ser vistos, a quienes ni si quiera tuvimos en cuenta jamás. Se han convertido, si es que no lo eran ya, en los enemigos de esta crisis. 

Ahora que los invisibilizados no son invisibles, es el hashtag de moda grabar a personas que están en la calle, para señalarlas y tacharlas de villanas. Es curioso cómo se invierte este patrón y aquellos que hace no mucho eran colectivos marginados e inexistentes para el sistema, ahora son el juguete favorito. 

La gente que puntualmente está en la calle, a la que amenazamos y gritamos con tanta valentía cómodamente desde nuestra jaula completamente equipada, y a la que en vez de aplaudir tiramos piedras, quizá no tienen tu privilegio de poder enjaularse con un arsenal de canales de streaming, un kit completo de spinning, rollos de papel, ni tan siquiera confinarse en un ambiente seguro. Se me ocurren infinitas razones por las que una persona -por mucho virus mundial, riesgo o peligro de muerte que haya- necesite salir de casa.


Yo misma, cuando era menor de edad, no tenía un espacio seguro para confinarme. Si esto hubiera ocurrido hace 10 años y hubiera huido a la calle, habría recibido también amenazas y odio colectivo: me hubieran grabado insultándome y me habrían denunciado o multado -tal y como ha ocurrido ya en muchísimos casos-. Que sí, que lo sé, que vivimos una pandemia, un estado de alarma y todos queremos seguir con nuestros planes de futuro y nuestras mentiras, pero no entiendo la ironía de incentivar las muertes por suicidios para evitar que aumenten los contagios del virus.

Y es que para mí en todo este asunto, en esta incongruencia de creernos salvadores del pueblo mientras nos destruimos a nosotros mismos, en taparnos los ojos frente a los errores mientras ensalzamos el auténtico germen, es donde está la paradoja que intento analizar: Escucho continuamente como la consigna para motivar el encierro estos días es una llamada a proteger a los más vulnerables. ¿Qué vulnerables? y, ¿para quién? porque algunos pueden servir más para este juego que otros. Si la población vulnerable ya es instrumentalizada por norma, sin pandemias de por medio, pues más ahora que además sirven de excusa en esta competición de la superioridad moral.

Esto podría ser una oportunidad histórica para derribar gran parte de los cimientos del capitalismo, aprovechar esta grieta y terminar de sacudirnos el yugo. Y en lugar de cosernos las heridas, estamos echando sal sobre ellas.

Vamos por el buen camino: salvando el mundo en otro día más de sofá, aplausos y... Netflix. ✌🏼

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