Los protagonistas de la obra

El odio y el amor son dos actores de una misma función.
Quizá no son conscientes, pero interpretan un mismo papel, en un mismo teatro, sobre un mismo escenario, para un mismo público y con un mismo guión. No lo saben pues se sienten antagonistas sobre el escenario, como personajes predispuestos a no entenderse: cumpliendo con su separata tendrán que satisfacer esta noche la expectativa de su audiencia, un público exigente que espera recrear la misma obra que su pensamiento les ofrece.

En principio, vinimos a contemplar esta obra sin juzgarla, sin mirar su autoría por mucho que cueste, diciéndonos que no la ha escrito el pensamiento ni el prejuicio: 
El guión solo gira en torno al nombre, a encontrar un verdadero verso significativo. La trama va de versos que no se han entendido hasta ahora.
El odio ruge y grita, no puede vivir y tampoco quiere que nadie viva. Envidia al amor, que sin embargo es huérfano y ermitaño. Una envidia cómplice, como dos cántaros rotos simétricamente. 
El amor es huérfano porque nadie quiere hacerse responsable de él; y ermitaño, porque nadie quiere cuidarlo ni forjar un vínculo de intimidad que podría hacerle vulnerable. cuesta aceptarlo y es más fácil enterrarlo. Teme al odio, más por los efectos de su adictiva complicidad que por la espina que le martillea día y noche.

Al amor que se pretende dar sepultura no puede morir, sino todo lo contrario: Brota de las tinieblas y germina fuerte, aún más feroz y terrorífico. pueblo cegado por el pánico, ignorante e irresponsable, seguimos echando tierra sobre la nueva flor. Así es como florece el sensible, aromático y débil odio. Es el mensaje subliminal de esta función: Un único cuerpo que se atiende y, solo así, se entiende. Que no se esconde, porque eso solo supondría retrasar lo que ingobernablemente ya se ha planteado sobre el guión.

El guión ya está más que escrito y acabado. No hay forma de rebobinar, añadir, quitar; por mucho que se desee. No tiene ningún suspense, porque no hay misterio en las verdades incómodas que no nos queremos decir y que forzamos ignorar. Solo hemos venido a ver dos figurantes aparentemente opuestos, hasta que el público partícipe del drama sobre la silla pero ausentes de su propia consciencia, clama por dejar de esconder lo invisible pero evidente. Los protagonistas se miran uno frente a otro, y de repente se disparan todas las alarmas. Y todos los reflejos.


Jamás existieron dos. Jamás existió tal función, jamás existió tal guión, ni jamás existió tal público. Porque sobre el escenario solo hay un espejo. No es una nueva oportunidad, ni tan si quiera oportunidad: es tu libro abierto, donde no están escritos ni tus sueños ni tus pesadillas. Tan solo es la última página por donde te quedaste.

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