Alma y mente: manual de analogías

Desde hace tiempo suelo consultar en la biblioteca de mis pensamientos esta especie de manual sin guión. Confieso, con un poquillo de vergüenza, que algunas veces incluso me recreo ‘’leyéndolo’’ durante horas, como si el mundo se parase mientras tanto.
Con el tiempo comienzo a verlo como parte de mí, como una guía ética grabada a fuego, y es curiosa la incongruencia ya que probablemente este es de los temas que más me cuestan verbalizar con palabras y poner en contexto cuando trato de explicarme.

Para comunicarme con el mundo me resulta imprescindible crear un canal de entendimiento para ambas partes. por eso surge este manual de analogías: para entender todo este sinsentido esotérico a través de los recursos, algo más sencillicos, que tenemos al alcance de los sentidos fisiológicos.
No te preocupes si te falta alguno de tus cinco sentidos; la idea en este texto es hacer un manual accesible.

Me gustaría empezar distinguiendo mis conceptos de alma y mente, aunque me cuesta encontrar la forma de diferenciarlos sin desapegarlos. Son términos dependientes a su propia independencia que pertenecen a un mismo cuerpo (el mío, en este caso).
Los une su vínculo de retroalimentación: cada uno tiene su propio -poderoso y orgulloso- mecanismo de funcionamiento autónomo, pero se nutren entre sí para buscar la elevación.

Cuando hablo de mi alma, pienso en mi corazón: en cómo siento mis latidos con todo su valor frente a un bombardeo infinito de estímulos superfluos que por más intentos que hagan jamás tendrán el sentido que tienen mis latidos.
Son mis latidos: y me encantaría expresarlos, explicarlos, ponerles nombre y adjetivos, compartirlos y hacerlos sentir. Pero sé de sobra que sería en vano, porque todo lo que me aportan me lo aportan porque nacen por y para mí, y ese es su verdadero y único valor.
Respecto a los cuidados que le presto a mi alma, no trato más que sentirla y admirarla, saber que está viva, y sé que está viva cuando me guía.
Su luz es lo único que necesito.
En mi cuerpo no hacen falta analogías ni referencias: Mi alma es mi fe.

En cuanto a mi mente, la veo algo más compleja y confusa: tengo la imagen de una niña que idealiza la adultez -no tiene ni puta idea lo que se le viene encima-, con deseos tímidos e irracionales de llegar a la vejez, que esconde con vergüenza. Con culpa y nostalgia, que están ahí casi de nacimiento, que carga por inercia casi sin pensarlo y ni siquiera recuerda desde cuando. 

Por eso entiendo su dependencia al alma, más allá de lo emocional, y su búsqueda de la elevación a través de ella.
Ansía crecer para observar todas las etapas, retenerlas, desaprender para aprender de ellas, para después desintegrarse en lo que ha venido a ser, y todo ello apoyándose en todos sus pasos dados y por dar.

Mi mente no se nutre de intelecto cómo quizá de primeras se presume; su alimento se basa en la entrega, en ser consciente de su proceso de crecimiento como pequeña parte de un todo más poderoso, en ubicarse dentro de la coherencia.

Por esto mismo es la parte de mi cuerpo que mejor conoce el ego: Sus expectativas se centran en alcanzar el conocimiento mediante la socialización, el interés colectivo y, en definitiva, la entrega por el ideal.


Esto puede recogerse fácilmente desde la toma de conciencia de la propia posición, y desde esa posición, generar acción: entrega, interés colectivo, independencia…
Aunque quizá da lugar a muchas analogías abiertas, en mi manual en sucio suelo hacer apuntes a lápiz hablando de marxismo.

Puede resultar difícil conciliar ambos conceptos -la espiritualidad y el marxismo-, pero… quizá lo que hay que cuestionarse es la necesidad de separarlos, de infravalorar o estigmatizar uno para darle valor al otro...
Para mí no hay tanta diferencia: mi alma y mi mente pertenecen al mismo cuerpo, a una misma identidad con los mismos objetivos.

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